Este es un relato dedicado a una persona especial en mi vida en su día más especial. Es la dedicatoria a un padre, el día de su boda.
Un cuadro en blanco se refleja en sus lentes cuadradas. Trazos ligeros, débiles son los primeros en tomar contacto con el lienzo. Con timidez y cuidado, pinceladas suaves y cariñosas van creando formas, demostrando su miedo a equivocarse.
Poco a poco los tonos azules, blancos y anaranjados van marcando los colores de un amanecer, un mar vago, aun sin despertar. La madera del pincel va dejando su huella, reflejando en la obra su propia personalidad. Pinceladas gruesas, abren en el lateral del cuadro, un camino que se dirige a las primeras pisadas sobre la arena.
El padre abre un camino, dibuja su rumbo, marca un destino, su deseo es guiar los trazos hacia una vida nueva, que pronto tomará vida propia. Las tonalidades cálidas y claras se van escondiendo bajo las nuevas pinceladas de tonos azules marinos y dorados.
Cada vez con mas fuerza el artista deja caer sus dedos sobre el plano, ya no existe miedo, ni desconfianza, sabe perfectamente lo que quiere dibujar. Una vaga idea de la obra finalizada sueña sobre sus cejas pobladas y baja por la aguileña nariz hasta acercarse cada vez mas.
Su sueño viajó tan lejos, hasta escaparse del lienzo. Sin darse cuenta, apareció una figura femenina que centraba el paisaje natural. Pintada de sal y arena, de escamas y caracolas, de rayos de sol y reflejos de luna.
«¿Que te parecen las líneas de salitre que se dibujan entre mis pies? ¿Soy como esperabas?»
Las cejas pobladas se levantaron tan alto, transformando sus vagas ideas, en arrugas arqueadas en su frente. Lo que empezó en un lienzo blanco neutro y apagado, ahora era un lienzo lleno de fuerza y vida, incluso podía oír sus pensamientos.
«No te sorprendas, no soy mas de lo que tu eres, mis colores, mis formas, mis distintas texturas, son tus reflejos. Soy lo que tú me has enseñado. Pinta sin miedo, aun necesito que sigas a mi lado, seras como las olas que han ido dándole forma a estas piedras en la orilla.»
Y así fue, como mezclando tonos arena oscurecidos con tizón, trazó una sombra masculina arrojada por el sol sobre el suelo. Enlazaba con los pies de la figura con forma de mujer.
Poco quedaba de la joven niña que inocente y segura, se quedaba embobada oyendo unos acordes de guitarra, mientras con las durezas de sus dedos, su padre deslizaba el pincel sobre un fondo blanco.
Con su habitual conversación pausada, el padre le habló:
«Ahora siempre estaré contigo. Pero solamente puedo ser tu sombra. Camina tú, Vive tú, coge tu propio rumbo. Todo lo que has podido aprender; de mi sabiduría, mi experiencia, incluso mis errores. Siempre lo llevarás contigo. Solamente espero, que con cada nuevo color, con cada nueva pincelada, te sientas orgullosa de lo que has conseguido. Y si con el pasar del tiempo ves que no es así, no dudes de que tendrás la fortaleza para empezar de nuevo.»







